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miércoles, 3 de junio de 2015

54. Adiós

Narra Pablo
Desde que ella salió de la habitación dónde se encuentra Enrique, Ainhoa no suelta ni una sola palabra. Sus ojos pasan una terrible imagen de miedo, de un grande “¿por qué?”, empapados en lágrimas que ahora se han metido en un silencio terrible para todos.
Ahora en aquella habitación reside la mayor de todas las atenciones. Todos ya han dicho que son las últimas horas, pero ya se han pasado casi 22 horas desde esa previsión. Ni los médicos ni los enfermeros se pronuncian y el estrés empieza a quitar la poca racionalidad que queda por aquí.
- Hemos hecho el posible y el imposible… - sin embargo sale disparado un médico que con una sencilla frase hizo caer la esperanza que quedaba.
Ni tan solo un segundo pasó que Ainhoa luego caminó hacía el jardín exterior del hospital. Un pedazo de mí me dice que tengo urgentemente de irme junto a ella que algo podía sucederse. Me equivoqué.
Se puso mirando un pequeño árbol, sin soltar ni tan sola una lagrima. El moreno de su piel había desaparecido hace mucho tiempo y daba el lugar al blanco, más blanco que la harina. Los ojos estaban ahora más secos que nunca, sin brillo, en un completo vacío.
Dentro de mí sentía también un vacío muy raro. En todo parecía faltar algo y no tenía una justificación plausible para eso.
- ¿Estás bien? – le pregunto muy bajito.
Puso su cabeza en mi hombro y nada me respondió. En un frente doy un beso suave de conforto y allí nos quedamos los dos, sin ni una sola palabra decir cuando el corazón solo sentía aquel vacío inexplicable.
(Dos días después)
El cielo espejaba de forma muy clara el sentimiento de toda la familia. Las nubes grises hacían prever la lluvia, que no caía.
La iglesia trasbordaba de gente, entre coroneles, gente del ejército, la grande familia Martínez y una cuanta gente de la ciudad que conocía a aquel hombre que de prestigio tenía mucho. Casi junto al cura, en una fila de sillas, se encontraban Esperanza y sus tres hijos. Algunos comentaban bajito la pálida cara y el estado frágil de Ainhoa, otros el rosto de dolor de Esperanza, que estaba como su hija, sin casi nada decir desde aquella triste noticia del médico. En la salida, Mario y Pedro, juntamente con dos generales, cargan el ataúd, llevándolo hacía el cementerio, dónde se hizo la despedida:
- Por eso al despedir a nuestro hermano Enrique… - decía el cura - … podemos irnos recordando esas palabras de Jesucristo: Tu hermano resucitará…
Por fin Ainhoa reaccionaba al ver su padre enterrado por la tierra. No fue por palabras, pero soltó la primera lágrima desde todo esto. Una y una sola lágrima, un adiós muy dolorido, sufrido, pero que ahora tenía que seguir adelante.

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