Narra
Pablo
Desde que ella salió de la habitación
dónde se encuentra Enrique, Ainhoa no suelta ni una sola palabra. Sus ojos
pasan una terrible imagen de miedo, de un grande “¿por qué?”, empapados en
lágrimas que ahora se han metido en un silencio terrible para todos.
Ahora en aquella habitación reside la
mayor de todas las atenciones. Todos ya han dicho que son las últimas horas,
pero ya se han pasado casi 22 horas desde esa previsión. Ni los médicos ni los
enfermeros se pronuncian y el estrés empieza a quitar la poca racionalidad que
queda por aquí.
- Hemos hecho el posible y el imposible…
- sin embargo sale disparado un médico que con una sencilla frase hizo caer la
esperanza que quedaba.
Ni tan solo un segundo pasó que Ainhoa
luego caminó hacía el jardín exterior del hospital. Un pedazo de mí me dice que
tengo urgentemente de irme junto a ella que algo podía sucederse. Me equivoqué.
Se puso mirando un pequeño árbol, sin
soltar ni tan sola una lagrima. El moreno de su piel había desaparecido hace
mucho tiempo y daba el lugar al blanco, más blanco que la harina. Los ojos
estaban ahora más secos que nunca, sin brillo, en un completo vacío.
Dentro de mí sentía también un vacío muy
raro. En todo parecía faltar algo y no tenía una justificación plausible para
eso.
- ¿Estás bien? – le pregunto muy bajito.
Puso su cabeza en mi hombro y nada me
respondió. En un frente doy un beso suave de conforto y allí nos quedamos los
dos, sin ni una sola palabra decir cuando el corazón solo sentía aquel vacío
inexplicable.
(Dos
días después)
El cielo espejaba de forma muy clara el
sentimiento de toda la familia. Las nubes grises hacían prever la lluvia, que
no caía.
La iglesia trasbordaba de gente, entre
coroneles, gente del ejército, la grande familia Martínez y una cuanta gente de
la ciudad que conocía a aquel hombre que de prestigio tenía mucho. Casi junto
al cura, en una fila de sillas, se encontraban Esperanza y sus tres hijos.
Algunos comentaban bajito la pálida cara y el estado frágil de Ainhoa, otros el
rosto de dolor de Esperanza, que estaba como su hija, sin casi nada decir desde
aquella triste noticia del médico. En la salida, Mario y Pedro, juntamente con
dos generales, cargan el ataúd, llevándolo hacía el cementerio, dónde se hizo
la despedida:
- Por eso al despedir a nuestro hermano
Enrique… - decía el cura - … podemos irnos recordando esas palabras de
Jesucristo: Tu hermano resucitará…
Por fin Ainhoa reaccionaba al ver su
padre enterrado por la tierra. No fue por palabras, pero soltó la primera
lágrima desde todo esto. Una y una sola lágrima, un adiós muy dolorido,
sufrido, pero que ahora tenía que seguir adelante.
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